
Sermón del 1. domingo después de Trinitatis
Iglesia Evangélica Luterana La Epifanía
Guatemala, 11 de junio de 2023
Pastor Thomas Reppich
1. Juan 4,16b
16b Dios es amor. El que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.
Queridos hermanos,
Para nosotros los cristianos, nuestros pensamientos giran en torno a la palabra amor como ninguna otra palabra. El amor es muy popular, no sólo en el primer tiempo de las parejas recién casadas.
El amor a Dios y el amor al prójimo, así dice una y otra vez en la Biblia, están indisolublemente unidos. Un hecho que nos hace aparecer a nosotros los cristianos en los titulares, cuando entre nosotros identifican personas que cometen delitos.
Parece obvio que las personas se miden por lo que le predican a los demás, es decir lo que consideran irrefutable en la vida.
Y, sin embargo, somos conscientes de lo mucho que demandamos del otro, de lo que para nosotros es muy difícil o imposible de alcanzar. Le exigimos al otro lo que nosotros no somos capaces de lograr.
Qué lejos estamos de aquello que en el texto para el sermón de hoy se denomina mantenerse en el amor.
¿Qué es lo que nos dificulta tanto mantenernos en el amor?
El autor de la primera carta de Juan menciona una razón: el temor, que puede convertirse en odio.
¿A qué le temo en la vida? O dicho de otra manera ¿Qué me da miedo?
Algunos le temen al dolor y le tienen miedo al odontólogo.
Algunos temen a las arañas y tienen miedo de encontrarse con los pequeños animales inadvertidamente en la oscuridad.
Algunos le temen a la muerte y tienen miedo de perder a un ser querido.
Algunos le temen al colegio y tienen miedo de fallar en la siguiente prueba escrita.
Algunos temen la próxima crisis económica y tienen miedo de perder su trabajo.
De cualquier manera, lo que le da miedo y aterra a uno, al otro le importa poco. Sin embargo: cada temor y cada miedo son reales para el que los siente.
En el texto para el sermón de hoy se nombra otro temor: el temor al castigo.
¿Le tememos a Dios como juez sobre nuestra vida, sobre todo lo que alguna vez hayamos hecho o que omitimos hacer? ¿Nos acompaña ese pensamiento?
Si observamos nuestra vida, nuestros lados abiertos y ocultos, estoy seguro, de que todos pueden sentir que el miedo surge en ellos.
El amor echa fuera el temor, dice en el texto de hoy. El amor de Dios echa fuera nuestro temor – incluso si le tememos como nuestro juez. Pero: no debemos temerle. Su amor nos permite dar un gran salto por encima de nuestro propio temor, por encima del miedo de no poder hacerle frente. Podemos, gracias a Dios, dar un salto por encima de nuestra culpa y por encima de todos nuestros fracasos.
Y si Dios no nos guarda rencor por nuestros pecados, de modo que tengamos que temblar de miedo, entonces no tenemos razones para guardarle rencor a nuestro prójimo o incluso para odiarlo.
– Pausa –
¿Se dan cuenta de algo? ¿No sienten en ustedes algo como contradicción? Si alguien me ha engañado, entonces también merece un castigo justo. Con esto estamos en el punto que mencioné al inicio. Demandamos de los demás, lo que nosotros mismos no somos capaces de hacer.
Esto lo denominó Eugen Drewermann como la tragedia de la existencia humana.
En los momentos en los que peor nos sentimos, nos manifestamos como seres insoportables. Porque no nos podemos querer a nosotros mismos, porque no hacemos frente a nuestro propio veredicto y al mismo tiempo, como no sabemos qué hacer con nuestra angustia, con nuestra miseria, nos desquitamos con los demás por nuestra inconformidad y odio hacia nosotros mismos. Y por lo general son aquellos que nos son más cercanos porque tenemos menos que temer de ellos.
Qué libres podríamos llegar a ser si no sólo escucháramos el “Sí” de Dios para nosotros, sino si pudiéramos sentir lo maravilloso que es poder salir del calabozo del odio a uno mismo y de la duda de uno mismo. Dios nos libera.
No tener que odiar a nuestro prójimo no es una cuestión de comportamiento moral. La confirmación de Dios, su confirmación de que nos ama, nos hace libres. Nos libera de alcanzar la autoestima y reconocimiento a través de lo que hacemos. Nos libera de llegar a ser alguien por por nuestro propio mérito, lo que es utópico. Por eso, no luchemos con nuestros méritos o con lo que tenemos éxito o con lo que fracasamos.
El temor, sobre todo aquel que se ha convertido en odio, no es buena compañía, más que nada, no en las fases difíciles de la vida. Pero sí una fe que está fundamentada en el amor de Dios:
Dios es amor. El que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios en él.
Amén
