
¡El Señor esté con ustedes!
Queridos hermanos,
en estos días, un hecho banal, desde la perspectiva política global, ha caldeado los ánimos en el sur de Chile. Cerca de nuestra casa unos vecinos comenzaron a rodear su propiedad con un muro de 2 metros de altura. Muchos de los otros vecinos reaccionaron indignados porque la vista en un área de reserva natural ahora está bloqueada.
A nivel mundial hay muchos muros que se construyeron y erigieron. Algunos han pasado a la historia para siempre. Otros no son percibidos por la mayoría de la gente.
¿Qué hace que la gente construya muros?
La construcción muchas veces se justifica por la propia seguridad. Aquí en Guatemala también conocemos esto demasiado bien. Muchas propiedades tienen muros altos. Adicionalmente los protegen contra potenciales ladrones con instalaciones eléctricas. Si bien esta manera de pensar es comprensible, también genera preguntas.
Así, en mis primeros viajes por el altiplano de Colombia en 2013, me pregunté por qué tantas propiedades estaban amuralladas a pesar de encontrarse en lugares alejados en el campo.
Incluso nuestra Congregación San Mateo en Bogotá no permitía una vista directa de los alrededores en ningún lugar de la propiedad. Al final esta protección una noche ya no fue suficiente para evitar que entraran a la propiedad e irrumpieran en la casa pastoral para robar objetos por una valor de más de 10.000 Euros.
Hablando en metáfora, la Reforma ha derrumbado hace 500 años de muros.
Muros de una fe mal entendida, que ponía al clero y los intereses de poder por encima de la difícil situación de la gente desesperada.
Muros de la comprensión, porque solo una pequeña parte de los visitantes de la misa entendía lo dicho, ya que se celebraba en latín.
Y sobre todo aquel muro que separó a los seres humanos de Dios, porque el contacto directo con el Señor no parecía posible, porque se necesitaba del clero y de los santos, para tener un intercesor ante Él.
Por eso el día de la Reforma es un día de reflexión. ¿Qué muros hemos construido en nuestra vida pública y privada? ¿A cuáles muros nos aferramos permanentemente por miedo, por necesidad porque no podemos confiar en la vida, y, por tanto en Dios?
Un cristiano, como nos lo recordaron de manera impactante Martin Lutero y otros reformadores, un cristiano vive confiando en Dios. Ningún aspecto de la vida está excluido de esta creencia. Ningún poder aquí en la Tierra puede pretender querer decirnos lo que es bueno y malo para nosotros. Esto está y permanece reservado para que Dios nos lo diga directamente o a través de sus mensajeros.
Casi ningún sermón de Jesús describe de manera tan central lo que el Dios vivo, a quien siempre se refirió durante su vida, tiene que decirnos. Escuchemos palabras del Sermón de la montaña:
Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión.
Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece.
»Dichosos seréis cuando por mi causa la gente os insulte, os persiga y levante contra vosotros toda clase de calumnias. (Mateo 5, 4-11)
En aquellas palabras claras de Jesús hay mucho, tal vez incluso todo lo que deberíamos considerar hoy, cuando nosotros como cristianos buscamos orientación en los altibajos:
- El sufrimiento sin consuelo es impío. Dondequiera que haya gente sufriendo estamos llamados a la empatía y a la ayuda.
- La vida requiere de coraje delicado de corazones amorosos que sepan que se puede lograr mucho con una actitud de respeto y amor.
- Vivimos siempre de la misericordia y benevolencia de otras personas, por eso estamos llamados a la reconciliación.
- La convivencia con los demás depende de la veracidad, que nunca excluye la franqueza de una advertencia honesta. Lo que hay que decir hay que decirlo.
- Vivir en paz puede que hoy parezca cada vez más infantil, pero es la base para una coexistencia, que le deja a cada quien lo que necesita para vivir.
- Esto último es la base para una convivencia en estructuras justas que permitan el acceso a todo en la vida, no sólo a un número limitado de personas.
En donde todo esto no está dado, se construyeron muros.
En donde la gente se beneficia y tiene una ventaja, se resistirá a derribarlos.
A veces puede que nos encontremos detrás de nuestro propio muro, llenos de dudas y miedo.
A veces puede que hayamos perdido nuestra confianza.
A veces puede que estemos sin esperanza.
A veces puede que pensemos para nosotros: más allá del muro acechan todos los peligros que nos impiden la vida y la felicidad.
Miremos a Dios, el Señor, que creó el cielo y la tierra.
Él es un Dios vivo, un Señor al que no le gustan los muros.
No es un Dios que se enfrenta a nuestras malas acciones construyendo muros.
Él quiere que, allí donde hay muros, los derribemos y nos encontremos los unos con los otros en la verdad, el amor y la misericordia.
Señor, deja brillar tu rostro
así toda oscuridad al rededor nuestro se iluminará
y nuestras obras brillarán
como estrellas en el firmamento
Amén
