Confianza

Misa de aniversarios de boda

Iglesia luterana en Kappeln

16 de junio de 2024

35 Ese día al anochecer, les dijo a sus discípulos: ―Crucemos al otro lado. 36 Dejaron a la multitud y se fueron con él en la barca donde estaba. También lo acompañaban otras barcas. 37 Se desató entonces una fuerte tormenta, y las olas azotaban la barca, tanto que ya comenzaba a inundarse. 38 Jesús, mientras tanto, estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal, así que los discípulos lo despertaron. ―¡Maestro! —dijeron—, ¿no te importa que nos ahoguemos? 39 Él se levantó, reprendió al viento y ordenó al mar: ―¡Silencio! ¡Cálmate! El viento se calmó y todo quedó completamente tranquilo. 40 ―¿Por qué tenéis tanto miedo? —dijo a sus discípulos—. ¿Aún[1] no tenéis fe? 41 Ellos estaban espantados y se decían unos a otros: ―¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?  Marcos 4,35-41

Queridos homenajeados,

Queridos hermanos,

El matrimonio, a quién se lo digo, también tiene tiempos tormentosos. Lo que comienza como un bonito viaje en barco de repente e inesperadamente resulta ser completamente diferente. Hace un momento comenzamos nuestro viaje con sol y de buen ánimo y repentinamente se oscurece el cielo de la vida en pareja. Esto además, eso lo sabemos, también ocurre con todas las relaciones y contactos en nuestras vidas.

Las historias bíblicas que nos pueden parecer extrañas, historias que podrían estar en el libro de cuentos de hadas “Las mil y una noches”, con frecuencia esconden una verdad más profunda. Vale la pena dedicarse a ellas.

Así que echemos un vistazo más de cerca al Evangelio sobre el “apaciguamiento de la tormenta”.

Al anochecer Jesús se puso nuevamente en camino en un barco. Pasó el día con sus discípulos en algún lugar del lago Genezaret y ahora quiere regresar al otro lado. Allí quieren pasar la noche en su entorno familiar.

Todos se suben al mismo barco y se preparan para la travesía. El lago se ve tranquilo ante ellos. Ya está anocheciendo pero se puede ver claramente la orilla del otro lado en la distancia.

Las roles durante la travesía están repartidos. Está claro quien tiene qué responsabilidad y qué tienen que hacer. Ya muchas veces se ha hecho así. Las personas confían las unas en las otras y no hay motivos para pensar nada malo.

El ánimo está relajado. Todos sienten cómo después de un largo día el cansancio se apodera de ellos. Falta poco y podrán cenar y luego tomar su merecido descanso.

Entonces ocurre algo que todos conocemos. A Jesús, quien no tenía ningún rol para la travesía, se le cierran los ojos. Cae en un sueño profundo y al principio no se da cuenta de lo que pasa entonces. ¿Quien de nosotros no se ha dormido alguna vez en el asiento del pasajero? Tenemos claramente frente a nosotros la imagen de nuestros hijos que se duermen en el asiento de atrás del automóvil de regreso a casa. Cualquiera que pueda hacer eso siente una gran confianza. Si nos pasa a nosotros es solo porque asumimos que quienes tienen la responsabilidad nos llevarán sanos y salvos a nuestro destino.

Sin embargo pasa algo muy diferente. De repente viene una tormenta. Las olas golpean el barco cada vez con más fuerza. De vez en cuando olas individuales pasan por encima del borde del barco. Los discípulos sienten preocupación la cual minuto a minuto se convierte en miedo, mientras que el barco se va llenando de agua. Apenas ahora se dan cuenta que Jesús duerme tranquilamente sobre una almohada.. 

Lo despiertan horrorizados. Le tienen que gritar para que él los pueda entender porque hay demasiado ruido. El viento los azota. Entran en pánico. El barco amenaza con zozobrar en cualquier momento. “¿Cómo puede ser que te acuestes y duermas sin preocuparte?” Le reclaman los discípulos a Jesús.

Él, sin embargo, no puede entender muy bien lo que está pasando. Ve puro horror en los ojos de los discípulos. Sus voces se quiebran.

“Maestro, ¿no te importa que podamos morir?” Le dicen tímidamente.

Entonces Jesús se levanta y amenaza al viento y le dice al lago estrepitoso: “¡Cállate, tranquilízate!”

El viento amaina y se hace un silencio total. Es difícil decir qué es peor en ese momento: el lago embravecido o ese silencio que irrumpe.

“¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Les pregunta asombrado.

Sinceramente amo esta historia. Viene de un mundo lejano y en el fondo de lo que se trata nos resulta muy familiar.

Cuando nos volvemos mayores juntos, entonces muchas cosas del otro nos son familiares. Tan familiares que podemos confiar en ello. ¿Qué nos puede hacer daño a nosotros y a nuestra unión? Parece inconcebible que no podamos regresar a la otra orilla de manera segura. Hemos recorrido este camino juntos con demasiada frecuencia. Somos una pareja bien adaptada.


Y sin embargo: de repente de manera inesperada todo sucede de manera diferente. Llega una tormenta. Nos encontramos en una situación que literalmente nos abruma. En donde había confianza pura, nos asaltan las preocupaciones y los miedos. Ya no sabemos qué hacer. Miramos al otro.

“¿Cómo puedes estar tan tranquilo?” Preguntamos con la voz temblorosa que casi se quiebra.

Nos miran unos ojos asombrados.

“¿Qué quieres decir?” Escuchamos preguntar

No necesito explicar más la situación. Ustedes seguramente la han vivido innumerables veces. Impulsada por nuestros propios miedos y temores nuestra confianza ya no alcanza. Comenzamos a dudar. Pensamos: hemos llegado a este punto y no podemos entender el mundo que nos rodea.

Las preocupaciones y los miedos son parte de la vida. 

Incluso los sentimientos más profundos por el otro no cambian eso. Lo que es incomprensible para una persona es un desafío para la otra. Tal vez todos aún recuerden las palabras del apóstol Pablo en su boda: “El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” 1. Corintios 13,7

¿Debemos preocuparnos como los discípulos si de repente la tormenta nos golpea y tal vez, con razón o sin ella estamos llenos de angustia y de miedo? ¿Si hacemos preguntas porque las malas experiencias despiertan nuestra desconfianza? Debo aclarar que no puedo ni quiero cuestionar aquí las verdaderas razones de las preocupaciones y los miedos.

Más bien se trata de los momentos de una vida en pareja en donde la confianza disminuye en nosotros por fracciones de momentos y otras cosas parecen abrumadoras, como las mareas tempestuosas en una travesía que parecía tranquila y familiar.

¿Qué necesitamos en momentos así? Una contraparte que se tome en serio nuestras preocupaciones y miedos y al mismo tiempo nos devuelva a lo que realmente importa entre nosotros y él o ella: la confianza. 

Poder confiar el uno en el otro incluso después de muchos años, incondicionalmente, y, sin embargo,  con preocupaciones y miedos que a veces parecen infundados, es un regalo. 

Por eso dice tan acertadamente en un coral:

“Confíen en los nuevos caminos que el Señor nos muestra, porque la vida es moverse, porque la vida es caminar. Desde que el arco de Dios brillaba en lo alto del cielo, la gente partió hacia la tierra prometida.” EG 379,1

Por lo tanto: ¡Que nuestra confianza de unos en otros se base en esa confianza que Dios nos da y nos concede permanentemente a través de su amor!

Amén.