Algo inalienable

Sermón del antepenúltimo Domingo del año eclesiástico

Kreuzeskirche

3 de noviembre 2024

Jesús dijo: denle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Cuando escucharon esto se sorprendieron, se dieron la vuelta y se alejaron. Mateo 22,21-22

Queridos hermanos!

¿A quién le debemos rendir cuentas en última instancia?

¡A mi mismo!

Esta podría ser la primera respuesta espontánea.

¿Refleja puro egoísmo? 

¿Se delata allí una personalidad que solo gira al rededor de si misma?

¿Está alguien tan ensimismado que solo puede dar vueltas al rededor de si mismo de manera narcisista bajo el hechizo de su propio reflejo en el espejo?

No hay duda, que nadie sabe mejor que nosotros mismos lo que necesitamos para vivir, lo que nos hace bien y de qué nos deberíamos alejar.

Si siento calor, entonces siento calor aunque los que estén a mi alrededor tengan frío.

Si de tanta felicidad pudiera abrazar a todo el mundo, entonces es así, aunque a mi alrededor todos me miren de manera malhumorada y gruñona.

Entonces hay algo inalienable que nadie me puede quitar o negar.

Dignidad lo llaman otros. Algo que es inherente a cada una y a cada uno de nosotros.

Esta dignidad es sagrada. Incluso nuestra constitución lo sabe y la cuida.

Al respetar nuestra dignidad, podemos esperar que otros la tengan presente cuando nos encontremos. Pero si nosotros mismos nos tratamos indignamente o irrespetuosamente, entonces un ataque por parte de un tercero no estará muy lejos.

Si algo hace parte de los conocimientos básicos sobre lo que Jesús realmente dijo, es decir, lo que viene de él, lo que refleja su actitud fundamental frente a la vida y no lo las palabras que otros pusieron en su boca para resaltar su propia posición, entonces probablemente sea lo siguiente: Tú, ser humano, llevas un tesoro inalienable dentro de ti. Este te lo regaló Dios. A Él le debes todo.

Teológicamente llamamos a esa dignidad imagen de Dios.

Por eso si tratamos la dignidad de otro o la nuestra de manera inapropiada es más que un simple paso en falso.

Si observamos en este contexto la pregunta a Jesús, si es apropiado pagar impuestos, su enojo sobre esto tiene un significado muy diferente.

Porque los impuestos los recaudan los líderes de un pueblo. Solo captan cosas externas nunca a una persona en su personalidad.

Hasta el día de hoy hay ciertos grupos de personas que no pagan impuestos. Por ejemplo aquellos que como yo nacieron el 21 de agosto, que como yo ya no tienen mucho cabello en la cabeza y tienen ojos azules.

La respuesta de Jesús “Denle al César lo que es del César” pudo haber asombrado y a la vez calmado a los que preguntaron. En el fondo nos lleva a la pregunta formulada al inicio:

¿A quién le debemos rendir cuentas en última instancia?

Qué nos respondería Jesús hoy a una pregunta formulada de una manera un poco diferente: ¡A mi mismo! Y ustedes se deben rendir cuentas a ustedes mismos. ¿Jesús nos diría eso?

Estás comprometido contigo mismo. Ningún impuesto que tengas que pagar con razón o sin ella, te liberará de la preocupación por ti mismo.

Paga tus impuestos, pero  ¡ O c ú p a t e   d e  t í !

Alguna y alguno cree hoy en día que: Como pago mis impuestos diligentemente al estado, este debe ocuparse de mi bienestar.

En primera y última instancia estamos comprometidos con nosotros mismos. Somos responsables de nuestro bien y de nuestra desgracia. 

Por eso Jesús siempre consideró más bien absurdo mirar de reojo a las autoridades, a los poderosos del país aunque esto aún sea muy popular en nuestros días.

En el fondo lo sabemos hace tiempo y lo experimentamos sobre todo en los momentos difíciles de nuestros días, sentimos esto cada vez de nuevo:

Puedes exigirme cualquier cosa,

puedes esperar de mí esto o aquello,

pero no te voy a dar una cosa: A mí mismo.

Esto se lo podemos decir a otros con voz firme, cuando nos ofenden.

Esto entonces es narcisismo, cuando nos adjudicamos dignidad y nos aseguramos de tener suficiente aire para respirar y espacio para desarrollarnos. 

Algo, que solo le pertenece a Dios, lo que también llamamos dignidad, no puede ser reclamada por nadie. Ni siquiera Dios, quien nos dio la vida, la reclama. Él confía en nosotros. Él conoce el poder de aquellas personas conscientes de su dignidad y que la cuidan como la niña de sus ojos.

No siendo suficiente: El ser humano que es consciente de su dignidad no puede hacer algo diferente que tratar de la misma manera a sus semejantes.

Por eso la deferencia y el respeto frente a otros comienzan con la deferencia y el respeto que sentimos por nosotros mismos.

“¡Ama a tu prójimo!“

Justamente esto es lo que Jesús no dice en otra ocasión, sino “¡Ama a tu prójimo como a ti mismo!“

Por lo anterior: Un yo fortalecido en si mismo puede darle al César sus impuestos y a los otros lo que necesitan, sin renunciar a sí mismo. Un yo consciente de su dignidad, vive de lo que siempre ha sido  y fue dado por Dios como imagen suya.

Algo de nosotros siempre ha sido,

antes de que el espíritu entrara en nosotros,

aquella apariencia de Dios,

que valoramos por encima de todo

y al mismo tiempo que apenas sabemos cómo lidiar con ella,

aquel espíritu que anhelamos,

como el aire que respiramos,

cuando la mente con los años nos abandona cada vez más.

Algo ha existido siempre.

Y ese algo

sale de lo profundo de nuestro ser

se nos acerca y dice:

Pasa tu delgado cabello para el otro lado

no, mejor así, pero diferente.

Ponte otra vez el viejo vestido rojo,

tu sabes, el que tiene encaje en las mangas 

y además los zapatos centelleantes

O

Buscas constantemente el sentido

no te lo puedo dar

pero te puedo decir:

Es genial que existas.

Y entonces,

cuando te buscas en medio de todos esos cambios

quiero decirte

quién sigues siendo para mi:

Mi querido tú

Antes de que volvamos a concentrarnos en escuchar a los demás, escuchemos dentro de nosotros, escuchemos aquello que está dentro y más allá de nosotros, de quien venimos y seremos.

¡Dios con nosotros!

Amén