En la mano de Dios

Sermón para el Domingo de la Eternidad

Kreuzeskirche

24. November 2024

Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.  Romanos 8,38+39

¡Queridos hermanos!

¿Qué es lo que nos sostiene en la vida?

¿Qué queda de nosotros mismos justo al final de nuestros días?

Estas son dos preguntas centrales de nuestra vida.

Con frecuencia aparecen como por casualidad.

En la distancia, no muy claramente visibles.

Incluso antes de que comprendamos lo que nos está pasando, pasan elegantemente a un segundo plano.

Navegamos alrededor durante mucho tiempo como islas en mares desconocidos.

No tenemos idea lo cerca que están de nosotros.

De un momento al otro irrumpen en nosotros como ladrones en la noche.

En medio de todo esto nos vemos arrastrados hacia la despedida, el dolor y la tristeza.

De todo aquello se trata la siguiente historia:

Antes de la oración de la noche el abad dio un paseo hasta un lago cercano. Desde lejos pudo reconocer a un joven. Estaba sentado en el embarcadero. Aparentemente se había quitado los zapatos, pues sus pies descalzos bamboleaban en el lago.

“Pareces pensativo”, le dijo el abad mientras se acercaba a él.

El joven permaneció en silencio.

“O tal vez estás desanimado. ¿Es eso más probable?”

El joven asintió.

“¿Quieres hablar de ello?”

“No sé”, respondió el joven de manera apenas audible.

“Inténtalo, nunca ha hacho ningún daño, hablar de lo que nos acongoja.”

“Mi abuelo murió,” comenzó a decir el joven. Su voz buscó apoyo en el paisaje árido de sus pensamientos.

“Eso no es fácil para tí,” respondió el abad.

“¿Qué voy a hacer sin él?”

“Las personas que nos han dejado no se pueden reemplazar con nada.”

“¡No!”

El joven comenzó a sollozar fuertemente.

“Solo lo tenía a él.”

“¿Qué quieres decir?” quiso saber el abad.

“Hace algunos años mis padres murieron en un accidente automovilístico. Desde ese entonces viví con él. Él era toda mi familia.”

El abad miró al joven de manera pensativa. Asintió de forma comprensiva.

“Mi vida acabó. Ya no tengo nada que esperar. Si tan solo hubiera muerto con él.”

El abad calló.

Luego de un rato el joven alzó la mirada y miró al abad de manera interrogante.

“¿Tú eres un hombre de Dios?” Preguntó.

“Así es, mi chico.”

“¿Por qué? ¿Cómo puede ser todo eso? Primero mis padres y luego él?”

Al joven le faltaba visiblemente el aire.

“Es sabio enfrentarse a su destino”, admitió el abad con voz firme.

“¡Me siento tan pequeño e indefenso! Seguramente es simple, incluso tal vez tonto, tener pensamientos así.”

“No es tonto. Todo lo contrario. Solo quien mira al ser a los ojos, aunque aquello que cree reconocer siempre, genere nuevas preguntas.”

“No te puedo seguir. ¿Puedes decirlo de tal manera que lo entienda?” Solicitó el joven.

“Sobre la vida de nosotros los humanos hay un gran secreto.”

“¿Qué quieres decir con eso?” Quiso saber el joven. Miró al abad con curiosidad.

“Nosotros los humanos estamos en la mano de Dios.”

“Si eso fuera así, mis padres y mi abuelo, incluso mi abuela, que murió cuando yo era bebé, aún estarían vivos.”

“Trataré de expresarlo de otra forma. Nosotros los humanos estamos en la mano de Dios, porque no podemos explicarlo todo y muchas veces no podemos entender cómo avanza la vida. Si tuviéramos nuestra vida en las manos, no se nos ocurrirían las preguntas ni tendríamos los pensamientos que tu tienes ahora. Nos tendríamos a nosotros y a nuestras vidas en las manos.”

El abad hizo una pausa.

“Todavía soy un poco tonto, pero esto lo sé: mi vida es un desastre y siento que todo se me sale de las manos.”

“¡No eres tonto!”, respondió el abad. “Al contrario, eres muy inteligente para tu edad. Poder decir que no se tienen las cosas, tal vez incluso la propia vida en las manos, es muy muy sabio.”

“¿Te parece?”

Por un momento el rostro del joven se aclaró. El abad asintió con la cabeza.

“Precisamente porque no tenemos la vida en nuestras manos, podemos permitir la idea que alguien más nos sostiene en sus manos.”

“¿Dios?” Añadió el joven.

“Exacto. Yo también he tenido aflicciones en mi vida.”

“¿Tú también? Preguntó el joven asombrado.

“Claro. ¿Tu qué crees? Yo tampoco soy inmune frente a lo que vivo. A veces, como ahora, basta con empatizar con alguien a quien acaba de pasarle algo horrible.”

El joven respira profundamente. Está visiblemente conmovido. Lo que dijo el abad, resuena en él y tiene su efecto. De pronto levanta ambos brazos.

“¡Alcanza la mano de Dios! Está allí para ayudarte a levantarte.”

Mientras dice esto, el abad ayuda al joven a ponerse en pie.

“Así como te acabo de ayudar a levantarte. Nunca lo olvides.”

El joven niega con la cabeza.

“Perdóname. Es hora de que emprenda el regreso. Pronto comenzará la oración de la noche.”

El joven asiente y sigue al abad con su mirada.

Luego estira los brazos hacia el cielo, cierra los ojos y dice en voz baja: “Estoy en tu mano.”

En medio de la tristeza y del dolor, en medio del sentir la propia finitud, podemos sentir algo de la experiencia de aquel joven:

Estoy en la mano de Dios.

Realmente estoy en la mano de Dios.

Los invito a decir esta frase en silencio: 

Estoy en la mano de Dios.

Repitamos esto algunas veces en voz baja y sintamos dentro de nosotros mismos. Tal vez sea bueno al mismo tiempo cerrar los ojos por unos momentos:

Estoy en la mano de Dios.

Observemos nuevamente la imagen en el programa de hoy. Walter  Habdank capturó ese maravilloso momento. El humano en la mano de Dios. En la mano de Dios experimentamos protección, seguridad, podemos soltar la aflicción y el dolor, encontramos paz y serenidad. Esto último se lo deseamos a nuestros seres queridos por los que estamos en duelo: Que hayan encontrado la paz y la serenidad.

Si, y así es: En la mano de Dios ocurre todo esto. Podemos dar un suspiro de alivio y confesar con las hermosas palabras del apóstol Pablo:

Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.  Romanos 8,38+39

Amén