Por eso honren a Dios

Sermón para el tercer Adviento

Erlöserkirche / Übach-Palenberg

15 de diciembre de 2024

Queridos hermanos,

Estoy leyendo un libro muy emocionante de un peregrino en el camino de Santiago. Un musulmán describe de manera impresionante sus experiencias un poco diferentes. No solo porque por equivocación llega a Santiago de Compostela para iniciar su camino y constata allí que este lugar no es el de los rituales que conoce de La Meca. Uno no viaja simplemente hasta allí. Uno solo llega allí luego de una ardua peregrinación de cientos de kilómetros. El camino hacia Santiago de Compostela es el verdadero objetivo. Así que parte desde allí, algo inusual para otros peregrinos.  Lo primero que experimenta es el estar solo con sigo mismo. Comienza a hacerse las preguntas existenciales que también son conocidas por nosotros:

Pero ahora me vi confrontado con un profundo silencio en mi camino de peregrinación. Me sorprendí a mi mismo teniendo conversaciones conmigo mismo, en voz alta, naturalmente. Y fue impresionante, que en este agujero negro espiritual, en ese silencio casi insoportable, los primeros pensamientos desafiantes, que se abrían paso en mi cabeza, fueron las grandes preguntas. Las grandes preguntas significativas: ¿Qué hago aquí en este mundo? ¿Quién soy realmente? ¿Qué se espera de mi? ¿Estoy destinado a algo o solo vivo mi vida y en algún momento se acaba para siempre y eternamente? ¿Por qué soy yo entre todas las personas, yo? ¿Qué había antes de que hubiera la existencia? ¿Era todo solo vacío, oscuro y negro? ¿Dios vino en algún momento? Pero Dios es eterno ¿Qué hubo antes de Dios? Eterno significa, que no hubo un antes, pero ¿Cómo nos podemos imaginar la eternidad? ¿Qué hacemos aquí nosotros los humanos? ¿Por qué existimos? Mis preguntas sobrepasaban sin lugar a dudas mi capacidad de comprensión. Me parece interesante que justo el silencio genere estas preguntas existenciales. Sentí la fuerte necesidad de rendirme ante esta situación. Me senté por un par de minutos en el suelo, me recosté en un árbol, agarré mi libreta de notas y un lápiz de mi morral y comencé una carta:

“¿Qué estás haciendo conmigo querido silencio? ¿Por qué se te llama silencio? Eres todo menos callado. Generas todas las grandes preguntas, si, todas las preguntas existenciales. Nunca mi mente estuvo tan ruidosa como ahora. Okay, quieres saber de mi, qué es lo que hago en este mundo y a donde debe ir el viaje. Podría recitar espontáneamente una respuesta que aprendí de memoria en la clase de religión desde que era niño: Nosotros los humanos fuimos creados por Dios como sus esclavos. Quien sigue sus mandamientos y prohibiciones, va al Cielo, quien no se atiene a eso, va al infierno. Pero tu me conoces, querido silencio, tu sabes que no estoy de acuerdo con respuestas así de simples. En lugar de eso quiero proponerte un trato. Yo aprovecho el camino de peregrinación para encontrar una respuesta auténtica a todas tus preguntas. Y con auténtica quiero decir: Respuestas que no solo me convenzan racionalmente, sino las que llegan a mi corazón, lo tocan y que me llenan.” (Mouhanad Khorchide, Un Musulmán en el Camino de Santiago. Experiencias de Peregrinaje de un Estilo diferente, Herder-Verlag 2024, S. 28F.)

Precisamente en el tiempo de adviento, que para nosotros es clásicamente un tiempo de arrepentimiento, muchos de nosotros miramos hacia atrás, hacia el año pasado. Se despiertan las esperanzas que tuvimos al inicio del año. ¿Qué pasó con ellas? Rápidamente pasamos a temas fundamentales sobre los que damos vueltas una y otra vez en la vida. Se parece a lo que le pasa al peregrino, tal vez buscamos respuestas a las preguntas realmente importantes en la vida: ¿Cuál es el sentido de nuestra vida? ¿Cuál es mi propósito? ¿Qué camino tiene Dios reservado para mi? Y ¿Estoy dispuesto a andarlo si lo tengo claramente frente a mi?

El texto para el sermón de hoy trata de lo que, desde el punto de vista del apóstol Pablo, distingue al ser de un cristiano, tal vez incluso lo que lo diferencia y con ello lo destaca. Quiero resaltar un versículo del capítulo 15 de la carta a los Romanos. Pablo escribe allí: 

“Por eso honren a Dios, aceptándose unos a otros como Cristo los aceptó a ustedes“ Carta a los Romanos 15,7 (NGÜ)

Nuestro destino como cristianos es, según Pablo, sobre todo esta: Darle a Dios la honra aceptándonos los unos a los otros.

Espontáneamente me viene a la mente una antigua instrucción de Dios a Moisés: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Levítico 19,18 

Una respuesta parecida le dio Jesús a un fariseo a su pregunta por el mandamiento más importante.

“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente” —le respondió Jesús—.  Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Mateo 22,37-39

Justo en el tiempo de adviento y de Navidad el deseo de armonía es grande. Lo que en el transcurso del año tal vez tuvo que estar en un segundo plano, debería volver a ser el centro de atención. Cada una y cada uno de nosotros tiene experiencia con esta expectativa.  Todos experimentamos con bastante frecuencia que la coexistencia pacífica no es fácil porque nuestro anhelo por ella es particularmente grande en ese momento. ¿Qué nos lo impide? ¿Qué nos lo hace tan difícil? ¿Son las experiencias recurrentes que tenemos que tener unos con otros? Nos sentimos abandonados, incomprendidos. Simplemente estamos decepcionados.

¡Acéptense unos a otros!

Esta invitación puede ser rápidamente mal interpretada. No como un estímulo para acercarse unos a otros de una manera nueva, sino como una exigencia para simplemente olvidar los sucedido.

Recuerdo muy bien una misa en Frelenberg. A los que asistieron se les pidió abrir una cajita que circuló entre todos. Al abrirla, cada una y cada uno veía un espejo. En la despedida una de las asistentes me dijo: “Hoy vi a mi peor crítica.”

¡Acéptense unos a otros! 

Aquella opinión autocrítica me pareció muy simpática. Allí había alguien que aceptaba que no siempre lo tenemos fácil con nosotros mismos. ¿Es de extrañar que a veces podamos juzgar a los demás con la misma dureza? 

¿Qué pasaría si primero pudiéramos aceptarnos a nosotros mismos, a pesar de todo aquello con lo que estamos insatisfechos, a pesar de todas nuestras asperezas?

Estoy seguro que tan pronto como podamos decir sí a nosotros mismos, el sí a nuestro prójimo nos parecerá mucho más fácil – tal vez simplemente suceda sin lugar a dudas.

Sé que algunas cosas que me hice a mi mismo fueron, para decirlo sin rodeos, en retrospectiva, para salir corriendo. Mis propios errores y descuidos me han enseñado más y más a través de los años, a ser más tolerante y misericordioso con otros. No quiero elevarme por encima de la historia de vida de otros, no quiero permitirme juzgarlos desde mi punto de vista y de esa manera deseo que los demás puedan ser tolerantes conmigo.

Allí, en donde experimentemos esto, vivimos unión. La confianza crece con el paso de los años y rara vez se ve superada por los pequeños y grandes obstáculos de la vida cotidiana.

Aceptarnos, a nosotros mismos, como a nuestros prójimos, honestamente ¿Puede haber algo más importante que eso en la vida? ¿Qué energía será liberada si esto ocurre en y entre nosotros? 

Incluso los desafíos como el cambio climático, la paz y la justicia los podemos abordar con valor gracias a esta fuerza espiritual. Lo que reconocimos y lo que a la vez tocó nuestro corazón, me da dicha fortaleza que proverbialmente me da la capacidad de mover montañas. 

Renuévanos, oh, luz eterna,

y permite que tu Presencia

ilumine y llene nuestro corazón

y nuestra alma con tu resplandor. (Según EG 390.1)

En este sentido les deseo días llenos de recogimiento, experiencias que nos fortalezcan para el camino que tenemos delante y que quiere ser andado. 

Amén