
Sermón 3. Domingo después de la Epifanía
Iglesia Evangélica de Wiesweiler
26. de enero de 2025
Pastor Thomas Reppich
Juan 4,5-14
Jesús llegó a un pueblo samaritano llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob le había dado a su hijo José.
6 Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se sentó junto al pozo. Era cerca del mediodía.[2]
7-8 En eso llegó a sacar agua una mujer de Samaria, y Jesús le dijo: ―Dame un poco de agua.
9 Pero, como los judíos no se tratan[3] con los samaritanos, la mujer le respondió: ―¿Cómo se te ocurre pedirme agua, si tú eres judío y yo soy samaritana?
10 ―Si supieras lo que Dios puede dar, y conocieras al que te está pidiendo agua —contestó Jesús—, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua que da vida.
11 ―Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo; ¿de dónde, pues, vas a sacar esa agua que da vida?
12 ¿Acaso eres tú superior a nuestro padre Jacob, que nos dejó este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y su ganado?
13 ―Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed —respondió Jesús—,
14 pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna.
Queridos hermanos,
Jesús está de camino a través de Samaria. En el pozo de Jacob en Sicar se detiene por un momento para descansar. Una mujer samaritana se le acerca. Vino hasta el pozo para sacar agua. Jesús le habla y le pide algo de tomar. Ella está sorprendida. ¿Cómo puede ser que un judío le hable a un samaritano? Los judíos no se tratan con los samaritanos. En ese caso tendría que ser ella la que le debe pedir agua a Él.
La posterior conversación entre ellos trata sobre la dimensión más profunda de la sed:
- Una sed que se manifiesta dentro de todos nosotros.
- Una sed que no quiere ser saciada solo físicamente.
- Una sed que abarca toda nuestra vida.
Lo que Jesús tiene que decir en relación con esto, abre la visión hacia una dimensión completamente diferente: Él habla de una fuente inagotable que refresca permanentemente el cuerpo y el alma.
Aquella metáfora mencionada por Jesús nos es familiar. Nosotros también anhelamos esa agua viva que sacia toda sed de manera permanente. Así como aquella mujer tendríamos que pedirle hoy a Jesús: “Dame de esa agua.”
En esta petición, me parece, resuena la voz del salmista:
“Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios de la vida.“ Salmo 42,1+2
El salmista también sobrepasa el significado físico de la sed. Hay una sed que queremos saciar permanentemente. Justo en aquellas fases de la vida que se han convertido en verdadera sequía, sería maravilloso poder ir a una fuente que nos sacie la mente y el alma con agua viva. Mejor aún: Pedirle esto a alguien que se nos acerca y que puede ser tan extraño como lo fue Jesús para la mujer samaritana.
Pedirle a un extraño algo tan vital requiere de valor. Al mismo tiempo requiere una enorme confianza. ¿Cómo puede alguien, que ni siquiera me conoce, darme exactamente lo que anhelo?
Nos damos cuenta que no se trata de sed superficial. En esto cualquier extraño se ve abrumado por saber lo que necesitamos en este momento. Pero existe esa sed, que todos conocemos y que nos conecta con los demás, incluso con aquellos que son desconocidos para nosotros.
El salmo mencionado anteriormente continúa de la siguiente manera:
Mi alma tiene sed del Dios vivo. ¿Cuándo voy a llegar a ver el rostro de Dios? Mis lágrimas son mi alimento día y noche porque me echan en cara a todas horas: ¿En dónde está tu Dios? (V.3-5)
Hay una sed que solo Dios puede saciar. Mientras esto no suceda, nuestras lágrimas, es decir, nuestras preocupaciones y necesidades se convertirán en “alimento” día y noche. Hasta que, sí, hasta aquel milagroso momento en el que nuestra alma encuentre paz.
En el transcurso de la historia, los discípulos llegan hasta donde está Jesús. Están preocupados por Él y lo animan a comer algo. Sin embargo, Jesus les responde:
Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y terminar su obra. (V. 34)
También aquí habla de un hambre muy diferente. Un hambre que, como la sed, no puede saciarse permanentemente. Es más: Jesús se hace a sí mismo alimento. Sus acciones se convierten en alimento para los demás, saciando toda hambre. Por medio de que hace la voluntad del que lo envió, su obra se convierte en alimento para los demás. Por eso Jesús puede decir de sí mismo en otro momento: Yo soy el pan de vida (Juan 6, 35)
Ser pan de vida para los demás
Analicemos esta perspectiva. ¿Que quiere enseñarnos esta visión mientras seguimos a Jesús?
- Inicialmente probablemente esto: Cada una y cada uno de nosotros lleva algo dentro de sí que para otro es significativo y útil.
- Esto nos lleva a la pregunta: ¿En dónde puedo, a través de mis acciones, convertirme en “alimento” para los demás? ¿Qué puedo hacer, que sea tan bueno que otros queden saciados – realmente saciados y tal vez también de manera permanente?
- Para ganar claridad en esto se requiere de nuestra atención y empatía.
- Cuando tenemos claro de lo que carece nuestro prójimo, nos vemos desafiados a sentirnos abordados personalmente. No preguntamos qué podrían hacer otros, sino en qué consiste nuestra propia responsabilidad.
- Este es el momento en el que nos gusta retractarnos. No nos vemos llamados a ello y preferimos ceder esa responsabilidad a los denominados expertos.
- Aquí es donde hay que tener en cuenta que por ejemplo un apuro para muchos debe ser aliviado inmediatamente. La acción no se puede posponer. Con frecuencia nuestra contribución será complementada por otros. Esta comunidad de ayudantes va a lograr mucho.
- Al final, y esto hace parte de nuestra voluntad para ayudar, vamos a pasar poco tiempo en pensar lo que otros también pueden hacer, sino que nos concentramos en lo que nos es dado para darle a otros lo necesario. (En alemán es un juego de palabras Notwendend. Not, es la necesidad y wendend, invertir = invertir la necesidad)
Que ya ninguno de nosotros diga que no puede. Cada una y cada uno de nosotros tiene algo valioso para alguien más: ya sea la tan esperada confianza, el escuchar con atención, el apoyo ideal y económico necesario, el acompañamiento en una fase de la vida de enfermedad, separación y pérdida.
Así a veces nos convertimos en una fuente de vida para otros. O dicho de otra forma: En el momento en el que nos encontramos, reconocemos que nos podemos dar mucho más en atención mutua, de lo que creíamos posible.
De esta manera completamos cada día de nuevo la obra que Dios ha comenzado en nosotros.
Amén.
