¡Alegrémonos!

Sermón del 3. Domingo después de Trinitatis

Iglesia Evangélica Luterana La Epifanía 

Guatemala, 25 de Junio 2023

Pastor Thomas Reppich 

Jonás 4, 1-11

1 Pero esto disgustó mucho a Jonás, y le hizo enfurecerse. 2 Así que oró al SEÑOR de esta manera: ―¡Oh SEÑOR! ¿No era esto lo que yo decía cuando todavía estaba en mi tierra? Por eso me anticipé a huir a Tarsis, pues bien sabía que tú eres un Dios bondadoso y compasivo, lento para la ira y lleno de amor, que cambias de parecer y no destruyes. 3 Así que ahora, SEÑOR, te suplico que me quites la vida. ¡Prefiero morir que seguir viviendo! 4 ―¿Tienes razón de enfurecerte tanto? —le respondió el SEÑOR. 5 Jonás salió y acampó al este de la ciudad. Allí hizo una enramada y se sentó bajo su sombra para ver qué iba a suceder con la ciudad. 6 Para aliviarlo de su malestar, Dios el SEÑOR dispuso un ricino el cual creció hasta cubrirle a Jonás la cabeza con su sombra. Jonás se alegró muchísimo por el ricino. 7 Pero al amanecer del día siguiente Dios dispuso que un gusano lo hiriera, y el ricino se marchitó. 8 Al salir el sol, Dios dispuso un viento oriental abrasador. Además, el sol hería a Jonás en la cabeza, de modo que este desfallecía. Con deseos de morirse, exclamó: «¡Prefiero morir que seguir viviendo!» 9 Pero Dios le dijo a Jonás: ―¿Tienes razón de enfurecerte tanto por el ricino? ―¡Claro que la tengo! —le respondió—. ¡Me muero de rabia! 10 El SEÑOR le dijo: ―Tú te compadeces de un ricino que, sin ningún esfuerzo de tu parte, creció en una noche y en la otra pereció. 11 Y de Nínive, una gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y tanto ganado, ¿no habría yo de compadecerme?

Queridos hermanos,

el punto de partida para el sermón de hoy es una historia especial. Me he preguntado con cierta frecuencia por qué la historia de Jonás no termina en el capítulo 3. A pesar de su resistencia, llegó a Nínive después de un viaje errante por el mar, después de días en el vientre de la ballena, y allí predicó su sermón penitencial. Asombrosamente el pueblo de Nínive se mostró muy comprensivo. Vio sus errores y en el futuro va a evitarlos.

“Bien está lo que bien acaba”, se podría decir, alegrarse y festejar a lo grande por el retorno de la gente de Nínive al camino correcto. 

Una gran fiesta fue organizada por el padre en el evangelio que acabamos de escuchar sobre la parábola del “hijo pródigo”, cuando su hijo desaparecido regresa después de muchos años.

¿Por qué se muestra en Jonás la protesta?

¿Por qué quizás también en nosotros?

¿Por qué comprendemos los pensamientos de Jonás o los del hermano mayor, que está cualquier cosa menos feliz cuando su hermano menor, a quien ya le dieron su herencia, regresa?

¿Es correcto que algunos siempre se confíen en que al final otros siempre van a ser comprensivos y los vuelven a recibir con los brazos abiertos?

“¿Tienes razón de enfurecerte tanto?”, le pregunta Dios a Jonás, cuando éste le reclama por su comportamiento indulgente.

“Sí”, responderíamos nosotros, si nos preguntaran. No puede ser justo, que aquel que está en buen camino y que para ello acepta algunas dificultades en la vida, sea tratado de la misma forma que aquel, como en “el hijo pródigo”, que sigue un impulso espontáneo y al final se confía de que otros, en este caso su familia, vuelva a acogerlo. 

Jonás no obtiene una respuesta directamente a su objeción de parte de Dios. En secreto probablemente todavía espera que Dios castigue a Nínive, al menos en parte. Él abandona la ciudad y hace una enramada de manera que ve qué ocurre en la ciudad. En aquellos días había un periodo de calor y Dios hizo crecer al lado de la enramada un ricino. Es un arbusto tropical que crece bastante en pocas semanas. Así Jonás pudo vivir a su sombra día tras día. Un día, sin embargo Dios dispuso que un gusano hiriera al ricino, de tal forma que en poco tiempo se marchitó. El calor se volvió nuevamente tan insoportable para Jonás que éste deseaba la muerte. 

Dios ve a Jonás lamentándose y sufriendo y le dice: 

Tú te compadeces de un ricino que, sin ningún esfuerzo de tu parte, creció en una noche y en la otra pereció.  Y de Nínive, una gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y tanto ganado, ¿no habría yo de compadecerme?

¿A qué se refiere Dios con esta comparación?

¿Por qué compara el comportamiento incorrecto de la gente de Nínive con un ricino?

Evidentemente Jonás sólo da vueltas al rededor de sí mismo. Su compasión no llega tan lejos como para preocuparse por el destino de la gente de Nínive. Si mueren es por una razón y Dios va a tener que manifestarse como un Dios castigador. Cuando su ricino, el cual él ni siquiera plantó, se marchita, juzga a Dios. No puede alegrarse de que la gente de Nínive haya encontrado nuevamente el camino correcto, al menos ya no desde que su ricino se marchitó.

“Lo que yo he sufrido en mi vida, eso lo puede sufrir también mi hija”, me dijo alguna vez una mamá en una consulta. Ella había vivido por años el maltrato por parte de su esposo antes de que ella tuviera el valor de separarse de él. Cuando la historia se repitió en la vida de su hija, ella alarmantemente no sentía empatía.

¿Es la falta de empatía, la consecuencia lógica de un mundo en el cada quien da vueltas al rededor de sí mismo? ¿No podemos concederle de buen grado la felicidad a los demás, o como la gente de Nínive un retorno exitoso en la vida, porque estamos demasiado ocupados con nuestra propia desgracia? ¿Por qué no tenemos felicidad cuando no hemos hecho nada malo y otros que son obviamente culpables de algo pueden regresar felices a su buena vida?

“No, no hay justicia en el mundo”, agregó aquella mamá de manera explicativa. Sí, esto puede ser realmente el caso en algunos contextos que vivimos. Pero, ¿puede  esta circunstancia justificar el hecho de que esto siempre suceda?

¿Realmente queremos dejarnos arrebatar la alegría por el punto de retorno en la vida de las personas?

Estoy seguro que esto no es así. Nadie quiere volver al “ojo por ojo, diente por diente.”

Por eso alegrémonos por aquello que tenemos, porque no sabemos si mañana seguirá siendo así.

Y al mismo tiempo alegrémonos con aquellos que después de un tiempo difícil y malo, retornaron, porque tal vez nosotros necesitaremos alguna vez esa empatía y alegría de otros y la confianza de que vamos a encontrar nuevamente el buen camino.

A través de que alguien sufra algo parecido a lo que yo sufro, el mundo no se vuelve más justo. Sin embargo, nuestro mundo y nuestra convivencia se vuelvencca significativamente diferentes si estamos dispuestos a encontrarnos con alguien con empatía o si tenemos la oportunidad de cambiar algo de las cosas que simplemente no son buenas. No pensemos que solo estamos sentados en el lado soleado o en el lado oscuro de la vida. 

Que bueno es entonces, cuando nos acompañamos y fortalecemos mutuamente, sin importar de cual lado nos encontramos. ¡Gracias a Dios!

Amén.