Un lugar del silencio

Sermón del 19. Domingo después de Trinitatis

La Epifanía – Ciudad de Guatemala

15 de octubre de 2023

Pastor Thomas Reppich

Santiago 5

13 ¿Está afligido alguno entre ustedes? Que ore. ¿Está alguno de buen ánimo? Que cante alabanzas. 14 ¿Está enfermo alguno de ustedes? Haga llamar a los ancianos de la iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. 15 La oración de fe sanará al enfermo y el Señor lo levantará. Y si ha pecado, su pecado se le perdonará. 16 Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados. La oración del justo es poderosa y eficaz.

Queridos hermanos,

“Ahora lo único que ayuda es la oración.“ Seguramente todos ya hemos pensado esto alguna vez. Se nos acabaron los consejos que pudiéramos seguir. Una situación nos abruma tanto en este momento, que quisiéramos entregar eso que nos aflige.

Esto es justamente lo que hace parte de la esencia de la oración: ponemos todos nuestros pensamientos y peticiones en las manos de Dios. No porque veamos en él una “máquina expendedora de deseos”, como observó críticamente un alumno hace años en una conversación sobre la oración en la clase de religión.

Estamos al límite de nuestro ingenio. Ya no sabemos cómo ayudarnos y pedimos ayuda y acompañamiento de aquel que finalmente sostiene todo en sus manos.

Con miras a los acontecimientos en Israel, algunos de nosotros se han preguntado en los últimos días: “¿Cómo se puede volver a pacificar esta escalada?”

La invasión de Israel por parte de Hamas fue cruel y repugnante. La brutalidad debe ser condenada en los términos más enérgicos y no se puede justificar con nada.

Nuevamente se evidenció en la historia de la humanidad más reciente, el lado inhumano y desleal del ser humano.

Muchos buscan razones. Pero incluso esta búsqueda es fundamentalmente incorrecta, porque sugiere que una cierta forma de actuar es una consecuencia de acontecimientos del pasado y que por eso se puede justificar. Pero para eso que ocurrió no hay justificación alguna.

Ninguno de nosotros puede realmente desear que regresemos a la época del ojo por ojo, diente por diente. Pero ¿realmente la dejamos atrás alguna vez?  Esto puede ser cuestionado críticamente.

¿Qué puede lograr la oración en un momento como este?

El texto para el sermón de hoy pone a gente a la vista que está enferma; gente que se han hecho culpable por un arrebato o de forma calculada, probablemente aceptando que aquello que hace, le hará daño a otros. Finalmente se habla de una época de sequía. Podemos incluir en estos días los acontecimientos en Israel y en otros lugares donde se vive la guerra y el terror.

Todas estos acontecimientos son motivo suficiente para orar.

El pintor Johann Andreas Benjamin Nothnagel (1729–1804)  representó en un cuadro a un ermitaño que ora. Observemos la imagen en el programa de la misa de hoy. El hombre que está orando se ha retirado a la soledad. Probablemente no quiere ser distraído por lo que sucede a su alrededor. Quiere organizar todos los pensamientos que rondan su cabeza en el aislamiento. Así se arrodilla y junta sus manos. Su mirada está dirigida hacia arriba. ¿Imaginariamente dirige su mirada hacia el cielo, a aquel lugar en el que simbólicamente vemos el trono de Dios? Tal vez su mirada simplemente está dirigida hacia el libro abierto frente a él – probablemente la Biblia.

¿Hay una palabra de la Biblia, que tiene abierta para encontrar una respuesta a sus preguntas? Reflexionar en la Palabra de Dios le ha abierto la visión a más de una y a más de uno de nosotros. Cuando yo mismo ya no me puedo dar una respuesta y las respuestas de mis amigos tampoco alcanzan, debo mirar más allá de mi mismo

En la oración miramos más allá de nosotros mismos.

Cuando oramos, miramos, por así decirlo, hacia otro mundo. Un mundo sin enfermedad ni padecimientos, un mundo, en el que ya no nos debemos nada unos a otros, ni nos dejamos enredar en la culpa por lo que hacemos.

¿Qué vemos allí?

Tal vez aquellas imágenes que el sermón de la montaña me despertó en estos días.:

»Dichosos aquellos que son pobres ante Dios; porque a ellos pertenece el reino de los cielos.

Dichosos aquellos que lloran porque serán consolados.

Dichosos los humildes porque recibirán la Tierra como herencia.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. 

Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión. Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. 

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque el reino de los cielos les pertenece. 

Dichosos seréis cuando por mi causa la gente os insulte, os persiga y levante contra vosotros toda clase de calumnias. 

Alegraos y llenaos de júbilo, porque os espera una gran recompensa en el cielo. Así también persiguieron a los profetas que os precedieron.

Mateo 5 (NVIC)

En mi viaje a Israel en 2008 al comienzo estuvimos en Newe Shalom,  Wahat al-Salam, aquel lugar entre Jerusalén y Tel Aviv, que fue fundado por un sacerdote franco-israelita y que hasta el día de hoy es un lugar de co-existencia entre habitantes judíos y árabes, que viven allí juntos en paz. 

Allí hay un sitio especial: una casa del silencio (House of Silence). Nosotros los seres humanos necesitamos lugares para retirarnos, lugares del silencio, en donde podamos descansar, a pesar de todo lo que nos pasa, también y sobre todo con aquellos en el mismo lugar, que se han convertido en piedra de la discordia para nosotros.

De afuera esa casa se parece más bien a un iglú de piedra. Allí  uno se reúne para poder volver a uno mismo incluso en los conflictos más agudos de la propia vida.

¿Es eso lo que falta en muchas situaciones de conflicto o incluso en tiempos de crisis y de guerra?

¿Es demasiado utópico creer que el retiro en conjunto a un lugar del silencio, podría traer la paz?

La oración logra mucho. ¿Cuanto más podrá lograr si aquellos que son hostiles entre sí, se pudieran unir en oración ante Dios?

Oremos y animemos a otros a hacerlo. Amén