Pan celestial

Sermón del 7. Domingo después de Trinitatis

Iglesia Evangélica de Kappeln

14 de julio de 2024

Pastor Thomas Reppich

Éxodo 16,11+12

El SEÑOR habló con Moisés y le dijo: «Han llegado a mis oídos las murmuraciones de los israelitas. Diles que antes de que caiga la noche comerán carne, y que mañana por la mañana se hartarán de pan. Así sabrán que yo soy el SEÑOR su Dios».

Queridos hermanos,

De hecho hay momentos en la vida que se parecen a una larga caminata a través de un paisaje desértico.

  • Estamos atrapados en una crisis personal. Las cosas salieron de una forma diferente de lo que esperábamos. A pesar de toda la energía que invertimos en nuestro propósito no alcanzamos nuestra meta.
  • La vida cotidiana, con todo lo que nos exige, es demasiado para nosotros. Nos abandonan las fuerzas y al final nos cuesta comenzar un nuevo día.
  • Acabamos de perder a un ser querido y no sabemos muy bien como seguir sin ella o sin él. Las circunstancias de la muerte son absurdas. Cuestionamos todo, incluso a Dios. 
  • Nuestra unión en la familia, en una relación, hace tiempo se encuentra en una profunda crisis. Buscamos una salida del dilema diario en el que una palabra irreflexiva inmediatamente genera la siguiente pelea. 
  • El ambiente de trabajo está tan cargado por las crecientes exigencias que las relaciones entre colegas se pierden de vista. Nos sentimos como seres tan acosados que incluso en sueños somos perseguidos de un lado al otro. 
  • Simplemente no podemos aceptar los cambios que vienen con la edad. Nos sentimos sin fuerzas y sentimos que ya no somos lo que fuimos alguna vez. Los pequeños retos nos abruman.

Todo esto puede pesar mucho sobre nosotros e incluso la indicación amable de nuestros seres queridos, de alegrarnos por las pequeñas cosas del día a día, nos hace enfadar, porque sentimos que no nos toman en serio.

Estos son momentos en la vida en la que tenemos muy claro que: “No solo de pan vive el hombre.” Deuteronomio 8,3

Anhelamos, así como hizo el pueblo de Dios que caminó a través del desierto, el pan del Cielo, el alimento que realmente nos sacia. Murmuramos como ellos en ese entonces. Presentamos nuestras necesidades al SEÑOR. En nuestro desespero alzamos nuestra voz y gritamos nuestro lamento. Se escucha: “¡No puede seguir así, algo debe cambiar!” Nos preguntamos ¿cómo y en dónde encontramos ese pan celestial?

En una conversación alguien me contó un evento muy esperanzador que todos hemos vivido de esa manera o por lo menos de una forma muy parecida: 

“Luego de un tiempo lleno de conflictos en la familia, para mi fue una bendición que pudiéramos estar nuevamente sentados alrededor de la mesa. No me acuerdo qué hubo para comer. Pero el simple hecho de que aguantáramos estar reunidos en la mesa me hizo bien. Al principio reinaba ese silencio, lleno de vergüenza porque todos eran claramente conscientes de que habían contribuido a una situación que durante mucho tiempo era insoportable. Los pequeños gestos rompieron el hechizo. El alcanzar el pan, la pregunta sobre qué queríamos beber. Sentimos que esos gestos fueron más que formas de cortesía. Algo más resonó en nuestra atención mutua: la unión y el profundo amor mutuo. Pronto hubo risas después de tanto tiempo. Pudimos volvernos a mirar directamente a los ojos y mostrarnos lo felices que estábamos de que el otro existiera.”

Es maravilloso cuando en nuestro tiempo en el desierto obtenemos aquello que estamos necesitando.

Para otros, ese pan celestial puede tener algo que ver con cosas completamente banales. Pero, incluso, si así fuera, recibimos lo que es celestial para nosotros:

  • En medio de una crisis personal alguien nos abre una ventana. Miramos a través de ella y vemos un camino a través del valle de nuestra crisis.
  • Experimentamos compañía y apoyo, ganamos fuerza y pronto podemos comenzar el nuevo día con vigor y empuje. 
  • Más allá del dolor por la pérdida de un ser querido sentimos cada vez más cómo aún está en nosotros. Sentimos que algo de él/ella pasó a nosotros y sigue viviendo en nosotros. 
  • Al fin estamos sentados unidos al rededor de la mesa para compartir el alimento. El helado silencio se rompió y podemos demostrarnos unos a otros lo felices que estamos.
  • Un proyecto en el trabajo ha tenido un éxito inesperado. Más que el resultado nos fortalece la experiencia de que haberlo logrado juntos es una buena base para el futuro.  
  • Aprendemos a aceptar que los años no pasan sin dejar huella. Decimos sí a los pequeños cambios que se hacen sentir y al mismo tiempo le decimos sí a la vida y a todo lo que nos sigue siendo posible y nos alegramos por eso.

Oh, Señor:

Los ojos de todos se posan en ti, 

y a su tiempo les das su alimento. (Salmo 145,15)

Regálanos ese alimento celestial,

que anhelamos más que cualquier otra cosa.

¡Permítenos saciarnos con él 

Y encontrar paz interior!

Amén