
Miqueas 4, 1-5
1 En los últimos días, el monte del templo del SEÑOR será puesto sobre la cumbre de las montañas y se erguirá por encima de las colinas. Entonces los pueblos marcharán hacia ella, 2 y muchas naciones se acercarán, diciendo: «Venid, subamos al monte del SEÑOR, a la casa del Dios de Jacob. Dios mismo nos instruirá en sus caminos, y así andaremos en sus sendas». Porque de Sión viene la instrucción; de Jerusalén, la palabra del SEÑOR. 3 Dios mismo juzgará entre muchos pueblos, y administrará justicia a naciones poderosas y lejanas. Convertirán en azadones sus espadas, y en hoces sus lanzas. Ya no alzará su espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra. 4 Cada uno se sentará bajo su parra y su higuera; y nadie perturbará su solaz —el SEÑOR Todopoderoso lo ha dicho—. 5 Todos los pueblos marchan en nombre de sus dioses, pero nosotros marchamos en el nombre del SEÑOR, en el nombre de nuestro Dios, desde ahora y para siempre.
Queridos hermanos,
Esta visión del profeta Miqueas posee hasta el día de hoy algo inspirador.
Sin embargo, las ideas sobre cómo debería estructurarse la vida en común y en qué medida el poder político debería promoverla y preservarla todavía difieren hoy. Esto también se evidenció en las últimas elecciones y en el final de un gobierno en nuestro país. Las sociedades en todo el mundo están profundamente divididas. Grupos irreconciliables se enfrentan. Además en algunos lugares se tiene la impresión que están dispuestos a lo más extremo y no le temen al uso de la violencia – ni siquiera frente a la guerra en su propio país.
Con bastante frecuencia, el cálculo del propio poder es más decisivo que la responsabilidad por los contextos sociales, que acepta que parte de ellos sean marginalmente olvidados.
Más allá de los bandos locales opuestos, el anhelo de paz y justicia, es una preocupación central de una gran mayoría de la humanidad, tan antiguo como la humanidad misma.
No es de extrañar que nuestro Ministro Federal de Defensa goce hoy en día de la mayor popularidad entre las ciudadanas y los ciudadanos alemanes. El mantener o mejor dicho el crear la paz hace parte de los temas principales aquí en el centro de Europa.
Pero si todo en nuestra vida cotidiana, en nuestro mundo habla en contra de eso, podemos, es decir, ¿tenemos que prescindir de ella? ¿O con mayor razón estamos llamados a aferrarnos a ella a pesar de toda la resistencia?
Creer que la paz y la justicia son posibles, a pesar de las experiencias más absurdas, a pesar del antisemitismo que reaparece una y otra vez, a pesar de la guerra actual en Ucrania, Gaza, Líbano y en muchos otros países del mundo – este impulso fue seguido por personas como Miqueas hasta el día de hoy.
Las profecías de Miqueas nos recuerdan algo fundamental: Si dejamos de hacerlo todo por la paz y la justicia, al final ponemos en juego nuestra propia existencia.
Cuando las personas no tienen acceso a sus derechos básicos y, por el contrario son pisoteadas, la paz y la justicia son el único camino hacia una coexistencia sana, una coexistencia que por sí sola hace posible la integración de diferentes personas de distintas culturas.
Miqueas nos exhorta a preocuparnos por la paz y la justicia a pequeña y a gran escala y a trabajar específicamente para lograrlo.
Llegó el día del SEÑOR, el día en que las espadas de nuestra vida cotidiana son convertidas en azadones de amor. Nosotros, que estamos obrando aquí, tenemos presente aquel día del SEÑOR, del que habló Miqueas en aquel entonces.
- Aunque nuestro actuar ocurre en este mundo, va más allá de él.
- Nuestras acciones obtienen su fuerza de la experiencia de que, como hijos de Dios, encontramos en Él nuestro apoyo definitivo.
- Nuestras acciones no recurren a las armas de las guerras modernas.
- Nuestras acciones no siguen la lógica de una guerra moderna, que debe estar preparada para defenderse en todas partes para mantener la paz.
La paz no es un “acuerdo” que es pactado entre personas poderosas, en el que el más poderoso logra al final su objetivo. La lógica de cualquier estrategia de guerra reposa siempre en la superioridad militar. La muerte de la población civil inocente es aceptada. Nosotros, quienes observamos esto en los medios, no encontramos palabras para lo que sucede.
Más allá de lo que la política debe decidir, nuestra contribución como cristianos siempre es otra. En la imagen de Miqueas, en la que las espadas se convierten en azadones, las “armas” con las que luchamos son bienes culturales.
Lo que contribuimos para forjar la paz es de un tipo completamente diferente.
La paz que debe ser forjada, nunca debe basarse en reducir todo a escombros y cenizas. La paz, para nosotros los cristianos, no es el espacio de tiempo que comienza cuando al fin las armas callan. Esta es una forma a menudo demasiado cínica de ver las cosas para aquellos que lo han perdido todo y que están marcados por el resto de sus vidas. Por eso la paz es siempre más que el silencio de las armas.
La acción política que acepta la discordia o incluso la división en la sociedad es culpable y al mismo tiempo traiciona todos los derechos democráticos básicos.
Por naturaleza los cristianos siempre tenemos una visión diferente y más amplia de la paz:
- La paz comienza en primer lugar en nosotros, con la paz interior.
- Desde la propia paz interior se despliega ese amor al prójimo en cuyo centro está la reconciliación.
- Por mucho que la injusticia vivida y todas las consecuencias de la guerra y la violencia, clamen por represalias y reparación, estamos llamados a no seguir este impulso. Este “ojo por ojo, diente por diente” nunca traerá una paz duradera. Cada una y cada uno que se añade a la lista de víctimas cada día, son una/uno de más.
- La cara de un mundo que se ha tornado en una mueca a causa de la guerra y la violencia, no puede embellecerse con ningún ataque de represalia.
Si, es posible que se rían de nosotros los cristianos por nuestra disposición a reconciliarnos.
Si, es posible que nos digan con razón que somos de otro mundo.
Si, el mundo que vemos es diferente. Y sin embargo nos aferramos a que nuestra visión y nuestras acciones son una contribución indispensable para la paz mundial.
Si, nuestra lógica sigue promesas antiguas pero aún muy actuales. El cambio comienza con una visión, desde a donde nos dirigimos.
En las palabras de Miqueas se puede ver esa visión de una forma de ser diferentes y por tanto de un mundo diferente.
Regresemos a nuestra vida cotidiana con esta visión, con alegría, confianza y llenos de valentía.
Amén
