¡Sometedlo todo a prueba y aferraos a lo bueno!

Sermón 2. Domingo después de Navidad

Kreuzeskirche Oberstein

5 de enero de 2025

Pastor Thomas Reppich

Lukas 2, 41-52

41 Los padres de Jesús subían todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. 42 Cuando cumplió doce años, fueron allá según era la costumbre. 43 Terminada la fiesta, emprendieron el viaje de regreso, pero el niño Jesús se había quedado en Jerusalén, sin que sus padres se dieran cuenta. 44 Ellos, pensando que él estaba entre el grupo de viajeros, hicieron un día de camino mientras lo buscaban entre los parientes y conocidos. 45 Al no encontrarlo, volvieron a Jerusalén en su busca. 46 Al cabo de tres días lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. 47 Todos los que le oían se asombraban de su inteligencia y de sus respuestas. 48 Cuando lo vieron sus padres, se quedaron admirados. ―Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? —le dijo su madre—. ¡Mira que tu padre y yo te hemos estado buscando angustiados! 49 ―¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que tengo que estar en la casa[8] de mi Padre? 50 Pero ellos no entendieron lo que les decía. 51 Así que Jesús bajó con sus padres a Nazaret y vivió sujeto a ellos. Pero su madre conservaba todas estas cosas en el corazón. 52 Jesús siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de toda la gente. 

Queridos hermanos,

Luego de tres interminables días, para María y José, encuentran a Jesús tranquilamente donde los maestros en el templo. Ellos primero tienen que descargar su ira. Allí no hay espacio para el alivio. En los últimos días la preocupación había sido demasiado grande. Ellos habían temido lo peor y al mismo tiempo se habían hecho reproches. Jesús consideró que sus recriminaciones eran inadecuadas, finalmente él se encontraba bien. Desde su punto de vista no había razón alguna para acongojarse.

¿Qué padres pueden entender el comportamiento de María y José? ¿Cómo puede uno marcharse sin decir nada? Finalmente los padres tienen la responsabilidad. Así no siempre es fácil encontrar la medida justa. Ellos desean que su hijo crezca protegido y por eso quieren evitar daños graves.

Con la historia de hoy se transcribe un problema básico en la educación de un hijo: ¿Cuánta libertad le puedo dar a mi hijo? ¿En dónde debo fijar límites?

Para los adolescentes la situación se presenta de una forma diferente. Quieren andar su propio camino y tener sus propias experiencias. Son bastante conscientes que esto también puede significar tener experiencias desagradables y amenazantes, que no se pueden descartar. Ellos las aceptan, finalmente hacen parte del crecimiento. Más bien actúan según el lema “quien no se atreve, no gana” en vez de “seguro es seguro”. Están dispuestos a correr riesgos.

¿Es este comportamiento básico imprudente, como muchos padres piensan con frecuencia, y por eso debe ser limitado? ¿O deberían los padres ceder ante la urgencia de desarrollo de sus hijos y simplemente desarrollar más serenidad?

Jesús, así nos cuenta la historia, quería aprender más sobre la fe de sus antepasados. Entonces ¿qué podía ser más obvio que sencillamente aprovechar la oportunidad? Él estuvo en Jerusalén con sus padres para la fiesta de la pascua. Seguramente pensó que una oportunidad así, de tener la posibilidad de escuchar a expertos respondiendo sus preguntas y de intercambiar ideas con ellos, no no volvería a presentarse tan rápidamente. Y sus padres no le podían ayudar con eso.

¿Sospecha María algo de esto y puede permanecer tranquila después de que Jesús le explica, cuando se encuentran? Ella presiente, aunque no lo puede decir de manera abierta, que Jesús hizo lo correcto para si. Hay cosas, que otros pueden enseñarle mejor a su hijo. Ella no se siente cuestionada, más bien está contenta, que la curiosidad de su hijo quedó satisfecha. Para ella, limitar la sed de conocimiento de los hijos, le parecería incorrecto y fatal para su desarrollo.

Los hijos desean padres, que están allí cuando los necesitan, pero que al mismo tiempo sepan cuando es tiempo de retirarse.

La paternidad siempre incluye el reconocer sus propios límites. Quiero formularlo basándome en una conocida oración sobre la serenidad:

Como padres podemos transmitirle a nuestros hijos todo nuestro saber, nuestro conocimiento y nuestra fe.

Como padres somos desafiados a reconocer, cuándo y cómo debemos soltarlos, para que adquieran otras y nuevas experiencias.

Al mismo tiempo se requiere desarrollar la serenidad para poder diferenciar lo uno de lo otro.

Con el paso de los años la idea, que ha motivado a filósofos y teólogos por igual, crecerá: Lo que podemos transmitir a una generación futura es en una medida muy modesto.

Esto no se debe tanto a que lo que las generaciones futuras puedan lograr supere a lo que está presente hoy. Mucha gente vive según eso y esto a menudo lleva a que los mayores envidien a los más jóvenes por lo que ellos mismos no lograron.

¿Pero si además del progreso y del aumento del conocimiento, hubiera algo diferente que no está en nuestras manos?

Regresemos a la historia de hoy. No sin razón, Jesús se ve atraído hacia el templo a donde los maestros. Quiere conocer más sobre la fe. ¿Está satisfecho con lo que escuchó?

La reacción en el camino de regreso a casa sugiere lo contrario.

Así que Jesús bajó con sus padres a Nazaret y vivió sujeto a ellos.”(V. 51)

Al parecer no obtuvo una visión completa, por lo que prefirió darle más importancia a las palabras de sus padres para el futuro próximo.

Tal vez – no. Estoy seguro – él reconoció por encima de todo una cosa: A las respuestas de los maestros del templo les falta algo. No les falta sabiduría, tal vez tampoco fe. Escuchó mucho sobre lo que Dios espera de nosotros, lo que es bueno o lo que es malo.

Sin embargo: ¿Cuando sé que Dios sale a mi encuentro? ¿Como puedo percibir esto?

Un día Jesús llega al río Jordan y se encuentra con Juan el Bautista. Sus mensajes lo convencen de tal manera que se deja bautizar por él.

Lo que ocurrió entonces, lo cuenta el evangelista Marcos, como sigue: “En seguida, al subir del agua, Jesús vio que el cielo se abría y que el Espíritu bajaba sobre él como una paloma.  También se oyó una voz del cielo que decía: «Tú eres mi Hijo amado; estoy muy complacido contigo.“ Marcos 1,10-11

Necesitamos muchos conocimientos en la vida, para encontrar el camino en la vida diaria. Al mismo tiempo requerimos de aquella experiencia, como la que vivió Jesús en el bautismo. Bien sea saliendo de una nube o en medio del camino a través de nuestra vida cotidiana, bien sea una noche antes de dormirnos o mientras escuchamos la palabra de Dios. En algún momento sentimos por primera vez y luego una y otra vez: Dios me llama por mi nombre. Soy importante para Él. Soy parte de un contexto más amplio – muchos le llaman el Reino de Dios.

Ser parte de este contexto se convierte en un punto de orientación muy importante, si no central, en la vida. Experimento unión, aceptación y amor. Puedo enfrentar los desafíos comunes, porque cada una y cada uno tiene en cuenta a la otra y al otro.

Poder vivir esta experiencia una y otra vez es un regalo.

“¡Sometedlo todo a prueba y aferraos a lo bueno!” Así dice el versículo escogido como lema para este nuevo año. (1. Tesalon. 5,21).

Miremos con detenimiento el año que estamos comenzando: Si otros tratan de convencernos de algo, o si la experiencia que tenemos entre nosotros habla en su propio idioma ¿nos convence porque que vivimos y corresponde a lo que escuchamos? – ¿Y va más alla de eso?

Pidamos a Dios sabiduría de poder distinguir lo uno de lo otro.

Amén.