
Sermón 4. Domingo antes de la Cuaresma
Iglesia Evangélica Oberreidenbach
9 de febrero de 2025
Pastor Thomas Reppich
Markus 4
35 Ese día al anochecer, les dijo a sus discípulos: ―Crucemos al otro lado. 36 Dejaron a la multitud y se fueron con él en la barca donde estaba. También lo acompañaban otras barcas. 37 Se desató entonces una fuerte tormenta, y las olas azotaban la barca, tanto que ya comenzaba a inundarse. 38 Jesús, mientras tanto, estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal, así que los discípulos lo despertaron. ―¡Maestro! —dijeron—, ¿no te importa que nos ahoguemos? 39 Él se levantó, reprendió al viento y ordenó al mar: ―¡Silencio! ¡Cálmate! El viento se calmó y todo quedó completamente tranquilo. 40 ―¿Por qué tenéis tanto miedo? —dijo a sus discípulos—. ¿Aún[1] no tenéis fe? 41 Ellos estaban espantados y se decían unos a otros: ―¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?
Queridos hermanos,
Al anochecer Jesús quiere volver a cruzar hacia el otro lado en barco. No se menciona un motivo para esa travesía.
Tal vez solo quiere encontrar paz en un lugar diferente después de un día agotador. Así como también nos gusta a nosotros llegar a la casa después del trabajo para relajarnos y recuperar fuerzas para el siguiente día.
¿O es una de esas partidas en la vida que solo se hace notar en su transcurso, en el momento en el que enfrentamos una “tormenta” y deseamos nunca habernos puesto en camino?
Tal vez esta partida sea de naturaleza fundamental, porque se trata de dejar atrás lo de siempre. ¿Desea Jesús mostrarle a sus discípulos de manera impresionante que ninguno de los que le siguen tienen un lugar fijo? “―Las zorras tienen madrigueras y las aves tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza.” Lucas 9,58
A esto último se le parece lo que escuché muchas veces en los últimos años de mi profesión: “Patria es allí en donde están mis seres queridos.” Y lo complemento con algo contemporáneo: “…en donde tengo trabajo, sustento y puedo vivir en paz.”
En estos días se habla mucho sobre aquellas personas que han venido a donde nosotros. Muchos huyeron de la guerra y otras catástrofes.
“Mejor vete con nosotros, nos vamos para Bremen, encontrarás en todas partes algo mejor que la muerte.”
(Cuentos de los Grimm, Los Músicos de Ciudad de Bremen)
Esto lo dijo el burro en el famoso cuento de los hermanos Grimm. Muchos de los refugiados que han llegado donde nosotros no podrían decirlo de otra manera. Se pusieron en camino, porque esperan para su futuro más que la muerte segura. Los impulsa la esperanza de poder vivir allí donde lleguen.
Uno de mis antepasados, Adolf Ellwanger, abandonó su patria anterior, Prusia, y emigró a Chile para construir una vida nueva y segura en un país extranjero. Aún hoy muchos de esos descendientes viven allí. El kuchen (pastel) y cerveza alemana y otras cosas son hoy parte indispensable de la vida, especialmente en el sur de Chile, aunque muchos descendientes ya casi no hablan alemán.
Quien se pone en camino, puede estar expuesto a un peligro, como Jesús y sus discípulos. Muchos temen lo peor con solo pensar en la partida, ni siquiera salen de la casa. Quieren evitar potenciales preocupaciones y miedos, al no emprender el viaje en primer lugar.
Quien se pone en camino, va como el burro de los Músicos de Ciudad de Bremen, no espera lo peor.
Si pienso en los múltiples trasteos en mi vida, y con el tiempo ya son 30, entonces sólo fui capaz de empacar mi maleta, porque asumí, que allí para donde voy, se puede vivir bien. Que me encuentro con personas que me dan la bienvenida como “extranjero”. Que en algún momento me familiarizo con otro idioma, así sea solo un dialecto y paso a formar parte de otra cultura. Que con mi trabajo contribuí a que me pudieran decir: “Fue bueno que viniste donde nosotros, aunque nunca vas a ser realmente uno de nosotros.”
La travesía, el camino hacia otra orilla, comienza en la mente, me digo hoy. Si me hubiera faltado la confianza básica en países, gente y culturas desconocidas, nunca habría partido. No, no existiría, porque soy parte de una historia migratoria de siglos de antigüedad.
Soy un gran amigo de nombrar y pronunciar en voz alta, lo que me preocupa o lo que a veces incluso me da miedo. Sin embargo, estoy agradecido en esos momentos, que las personas a mi lado sean diferentes, que incluso tal vez hagan una siesta con toda la calma.
“Nos liberó, para que vivamos en libertad.” Así lo expresó Pablo (Gálatas 5,1) y como expresión de esa libertad, “servíos unos a otros.” (V. 13)
Algunos contemporáneos hablan de un gran momento crucial, de desafíos que exigen re-examinar muchas cosas. Muchos contemporáneos inteligentes y con visión de futuro expresan sus puntos de vista en muchos ámbitos.
No obstante, a veces falta serenidad y tranquilidad. Se está alimentando el miedo hasta el punto de la histeria y el pánico. Todo esto hace que nos paralicemos. Al final cada una y cada uno solo lucha por sobrevivir y no conoce tabú alguno.
Anteriormente se nos podía amenazar con el infierno, hoy en día son otros los escenarios que nos aterran.
Al mismo tiempo se nos olvida: todo lo que nos ocurre, incluso los peores acontecimientos nos afectan como comunidad. Estamos juntos en el barco en la travesía hacia un futuro cambiante. Lo que pasa nos ocurre a todos. Si alguien sufre, todos sufren.
No tenemos una ocasión o un motivo, ni siquiera si otros hacen un verdadero esfuerzo y no se cansan de convencernos de lo contrario.
Estamos, en sentido figurado, en una travesía hacia un futuro desconocido. Hace tiempo sentimos que algo va a cambiar. Nuestros miedos y preocupaciones nos siguen deteniendo. Algo en nosotros se resiste a que embarquemos.
Siempre nos aferramos al deseo que podemos quedarnos allí en donde nos encontramos. Que muy pronto vamos a volver a tener bienestar y seguridad. Es solo una cuestión del cómo, de medidas apropiadas.
Pero esa fe, eso lo sentimos claramente en nosotros, hace rato se tornó quebradiza. No nos va a generar serenidad de verdad. Esa otra voz dentro de nosotros cada vez es más fuerte. Hace tiempo que nos dimos cuenta que será más probable que un número cada vez menor de personas consiga un crecimiento sostenido si… si, si no “nos subimos a bordo” y nos ponemos en marcha.
Ahora, que escuchamos la voz dentro de nosotros, de repente oímos otra más: No pongan en peligro la comunidad a la que están llamados como cristianos. Sé honesto contigo mismo: Por supuesto puedes prescindir de algunas cosas en la vida, pero no de la unión familiar, del compañerismo en el trabajo y en la vida social.
¿No depende una vida próspera de si somos capaces de compartir en comunidad lo que se nos ha confiado?
Frère Richard de Taizé escribe: “Cuando la inseguridad y los miedos sugieren encerrarse en identidades rígidas y atrincherarnos detrás de límites seguros, Cristo nos libera para protestar para la comunidad, para aceptarnos mutuamente como comunidad.” (Frère Richard, Abrir el Tesoro de las Escrituras, 2019, pág. 138)
Cristo nos liberó para la comunidad. No perdamos esto de vista en estos días, en los que nos quieren convencer, de que si esta comunidad existe, es excluyente y, por tanto, necesariamente excluirá a los demás.
Solo juntos dominaremos la travesía hacia un futuro anhelado y bendecido. Tal vez no todo será mejor a donde finalmente lleguemos. Quizás esté comenzando un tiempo de renuncia. Pero ciertamente podremos vivir prósperamente en la fraternidad, que incluye preocupaciones, temores, pero también serenidad y esperanza.
En esta travesía Jesús está con nosotros. Tal vez se haya acostado en un rincón del barco como lo hizo entonces y esté durmiendo. Pero no por desinterés, sino porque confía en nosotros como su comunidad para lograr juntos más de lo que creemos posible, en un momento en el que se avecina una tormenta.
Jesús nos ha liberado para vivir en comunidad.
Así sea. Amén.
