
Bendito el que no sigue el consejo de los impíos, ni se encamina por el camino de los pecadores, ni se sienta en la compañía de los escarnecedores, sino que se deleita en la ley del Señor y medita en su ley día y noche. Será como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto en la estación propia y cuyas hojas no se marchitan. ¡Todo lo que hace prosperará! Sal 1,1-3
La decisión por Dios es de naturaleza verdaderamente mística. Es algo que está muy profundo en nosotros. Si queremos indagar en ese origen, no podemos hacer otra cosa que acudir a esa imagen que el salmista describe tan maravillosamente. Al igual que un árbol, hemos encontrado nuestro lugar en el que podemos estar. Este estar tiene menos que ver con lo que normalmente asociamos con nuestra personalidad. Es mucho más originario. Este estar es completamente libre de roles que hacen que nuestro día a día nos haga preguntarnos: ¿Quién soy yo?
Ser como un árbol significa simplemente: He encontrado mi razón de vida, que me permite estar y me alimenta. Esta confianza fundamental en Dios nos da paz interior y nos permite avanzar libres de preocupaciones, porque no depende de nosotros lo que sucede, sino de Dios, que actúa y se desarrolla a través de nosotros.
