La ventana de esperanza

Sermón del domingo de resurrección

Congregación Luterana la Epifanía 

Ciudad de Guatemala, 9 de April 2023

Pastor Thomas Reppich

Johannes 20,11-18

11 pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro, 12 y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. 13 ―¿Por qué lloras, mujer? —le preguntaron los ángeles. ―Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto —les respondió. 14 Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él. 15 Jesús le dijo: ―¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas? Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo: ―Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo iré por él. 16 ―María —le dijo Jesús. Ella se volvió y exclamó: ―¡Raboni! (que en arameo significa: maestro). 17 ―Suéltame,[1] porque todavía no he vuelto al Padre. Ve más bien a mis hermanos y diles: “Vuelvo a mi Padre, que es vuestro Padre; a mi Dios, que es vuestro Dios”. 18 María Magdalena fue a darles la noticia a los discípulos. «¡He visto al Señor!», exclamaba, y les contaba lo que él le había dicho.

Queridos hermanos,

Del sacerdote y artista Sieger Köder, quien pintó el cuadro que está impreso en nuestro programa, se dice que nunca pinta al Cristo resucitado.(https://shop.verlagsgruppe-patmos.de/maria-von-magdala-am-grab-618631.html)

María Magdalena quien fue corriendo a la tumba de Jesús, se ve en medio de otros sepulcros. Con esto el artista indica que el Resucitado se convierte en experiencia propia.

Quien, como María Magdalena en ese entonces, se acerca en nuestros días a Jesús de Nazaret muerto, puede tener una experiencia muy personal en el encuentro con el Resucitado. Quien lo perciba será enviado de vuelta a la vida como María Magdalena.

“¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?” Pregunta Jesús a María Magdalena. Ella primero cree que él es el jardinero. Pero luego lo reconoce. 

Al ir al cementerio – esa es mi propia experiencia y la de aquellos que me lo contaron en conversaciones antes de un funeral – algo cambia en nosotros.

Un viudo una vez me dijo: “En el cementerio, cuando visito a mi difunta esposa, siento, por más paradójico que pueda ser, lo maravillosa e intensa que es la vida. Con frecuencia me quedo por mucho tiempo sentado al lado de su tumba en un pequeño taburete que suelo llevar. Tomamos café como solíamos hacerlo y conversamos. Tal vez usted me considere loco, pero puedo sentir algo de ella muy claramente. Cuando luego regreso a mi casa, mi caminar es más ligero, porque el amor, que aún nos une, es más fuerte que la muerte.”

„¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?“ (Lukas 24,5)

Esta pregunta también aplica a nosotros.

Claro, nos aferramos a lo obvio.

Cuando alguien ha muerto, ante todo vemos el final,

la destrucción de todo lo que hasta entonces era posible.

Estamos llenos de tristeza y dolor.

Al mismo tiempo – así como si algo hiciera efecto simultáneamente en nosotros – estamos llenos de recuerdos.

Puede ser, que estos hagan nuestro dolor aún más profundo. Y sin embargo tienen algo curativo. Entre más recordamos, más sentimos la vida. Eso es algo que es más fuerte que cualquier experiencia de la muerte.

Parece como si nosotros mismos tuviéramos que bajar al sepulcro de la muerte con el difunto/la difunta, solo para poder volver a la vida un rato después. Sentimos la vida en todas las partes de nuestro cuerpo, como si nos lo hubieran acabado de regalar.

La Pascua no significa otra cosa que salir a la vida – y de eso habla Jesús a su manera cuando se encuentra con María Magdalena. En ese entonces fueron los discípulos quienes querían quedarse llenos de temor detrás de la puerta cerrada.

Nosotros también tenemos algunos días toda la razón para cerrar la puerta con llave y cerrar las cortinas. Lo que ocurre al rededor de nosotros y en nosotros, simplemente no es bueno, ni siquiera correcto. Tenemos todas las razones para llorar. Entonces necesitamos de personas que como testigos de Dios toquen a nuestra puerta y nos den algo de lo que ellos mismos recibieron: esperanza. 

En los cambios de la vida la Pascua es la gran ventana hacia un país, que lleva el nombre esperanza – a pesar o precisamente porque todo es como es.

¡Aleluya! ¡Gracias a Dios!

Amén.