Vanidades VII

Comieron en silencio. Cada uno parecía seguir sus propios pensamientos. El clima se mantuvo bien y por eso tomaron el café afuera en la terraza.

“Me gustaría volver a hablar sobre el proyecto hijo.”

“¿No podrías decirlo de otra manera?”

“Podría, pero me parece que detrás de tus emociones se esconden hechos concretos.”

Irritado por la selección de palabras, estuvo tentado a terminar la conversación inmediatamente. ¿Qué tipo de hechos debería haber?

“Te ves tan escéptico. ¿Te parezco demasiado joven para poderte decir algo?”

“No. Si, eso también. Pero me irrita sobre todo tu dura elección de palabras. Proyecto hijo. ¿Cómo se escucha eso? No como un acto de amor.”

“¿Fue eso?”

“Al principio si. Pero luego ya no.”

“Justamente eso fue lo que percibí.”

Ella lo miró de manera interrogante. Él evadió su mirada.

“Puede ser que yo a mis veinticuatro años no tenga una experiencia de vida demasiado cimentada, pero tampoco soy completamente ignorante. Acabo de terminar mis estudios y me estoy tomando una pausa.”

“¿Qué estudiaste?”

“Psicología con énfasis en psicología clínica, como puerta de entrada, por así decirlo. Todavía no estoy segura hacia dónde irá el viaje finalmente.”

“¿Viaje?”

“¿No es la vida más un viaje que un perseverar en un lugar fijo de cualquier manera?”

“Probablemente tengas razón. Yo también tuve que ponerme en camino para encontrarme contigo. Si considero cuanto tiempo llevo cargando todo aquello que he insinuado, ¿por qué esperamos tanto?”

“¿Por vanidad?”

“¿Cómo dices?”

“No nos podemos conformar con el hecho que somos seres finitos y defectuosos. Y cuando tomamos conciencia de ello, entonces comienza una carrera con nosotros mismos y los demás. Nada de eso debe ser visible.”

“Muy sabia para tu edad.”

“No sé. Tal vez sea una forma de sabiduría el salir a tiempo de los juegos habituales de los adultos. En todo caso supongo que a tu esposa y a ti se les interpone una gran porción de vanidad en el camino, solo para poder concluir en paz un tema doloroso y de larga data.”

“No te puedo contradecir, aunque la idea de la vanidad me sorprende. La búsqueda de la culpabilidad en el otro como que también es una forma de ella.”

“La vanidad por nuestra apariencia ante otros nunca nos va a soltar. Nos impulsa toda la vida. Por eso somos indulgentes con nuestra propia fealdad y despiadados con la de los demás.”

“Muy cierto. Me gusta tu lenguaje.”

“Ese ya es el segundo cumplido. ¿Me tengo que preocupar?”

“¡No! Podrías ser mi hija.”

“¿Eso tiene que ser un obstáculo?”

“Dejémoslo como lo que es. Palabras claras. Me hace bien hablar contigo. Estoy agradecido por la advertencia sobre la vanidad. Qué bueno que contigo no me tengo que concentrar en ella.”

“¿Estás seguro?”

“Pienso que si. Frente a tí no tengo que hacerme mejor de lo que soy. No tengo nada por lo cual luchar, no tengo nada que perder y si puedo ganar mucho. ¿Sabes que realmente estoy bien? Ayer hubiera podido hacer cualquier cosa.”

“Entiendo, partir a tu esposa por la mitad con un hacha.”

“¿Y si así fuera?”

“Solo admitirías que por tus venas aún corre sangre.”

“Hasta ahora siempre he sentido vergüenza por los pensamientos negativos que he tenido frente a otros.”

“Sin razón. Son demasiado humanos. ¿Cuántas veces crees que desmembré en pensamientos a mis padres? Pero nunca fue suficiente como para comprar un hacha.”

“En mi caso tampoco.”

“Si seguimos avanzando sin dificultades, estaremos en cuatro horas en un lugar maravilloso con una vista espectacular al mar.”

“Me dejaré sorprender.”

Zahra aceptó espontáneamente a dar un pequeño paseo por los campos.

De camino casi no hablaron. Visiblemente ella también estaba afectada por su intercambio de golpes. Ya no estaba lloviendo. Él se preguntaba lo que hubiera pasado si hubieran tenido hijos. ¿Tomarían el mismo camino con el hijo en común? Èl estaba seguro de que se sentiría bien. Así las ideas sobre el matrimonio y la familia estuvieran cambiando, todavía había algo especial en ellos, algo que estaba lejos de las familias radiantes retratadas en folletos brillantes. Las familias ya no eran una institución sagrada, que toman su ser de sí mismos. Sin embargo seguían siendo el lugar real de una felicidad especial, de una unión única, de un ser en tiempos tormentosos. 

Se quedó un paso atrás de Zarah para poderla observar inadvertidamente. Los años habían pasado y dejado sus huellas en ella.  Pero caminaba erguida. Su manera de caminar era la de una mujer segura de si misma. De una mujer que no alcanza todo en la vida, pero que admitió lo que la vida demandó de ella. ¿Esto realmente era así o solo era producto de su propia imaginación? ¿Había él querido ver en ella solamente a la personalidad fuerte? La conversación hasta ahora le había mostrado mas bien a una persona agredida, que luchaba por su ser.

De pronto le llamó la atención la manera de caminar de ella. No era tan erguida. Tenía algo completamente pesado. Los hombros encorvados hacia adelante, así como si estuviera llevando una carga pesada. La carga de esperanzas y expectativas no cumplidas. Qué ciego había estado para no haberse dado cuenta de eso de antemano. ¿O simplemente no había querido verlo?

Repentinamente sus pasos se volvieron cada vez más pesados. Se detuvo. Zarah siguió caminando. Aparentemente sin tomar nota de ello. Pronto ella se perdió de su vista detrás de una colina.

Él la llamó, pero ella ya no lo escuchó. Permaneció sin fuerza en la autocompasión, maldijo a la vida en general y en lo especial. Se sentía terrible, como hace tiempo que no lo hacía y hubiera querido que la tierra lo tragara. 

Se le dificultó motivarse a seguir adelante. Durante el siguiente metro lo condujo la perspectiva de que Zarah se había dado la vuelta y ahora vendría hacia él. Esto sería una señal. La señal de una reconciliación. Él estaba dispuesto a olvidarlo todo. ¡Atrévete a comenzar de nuevo! ¡Ven a encontrarte conmigo! ¡Apúrate! Estaré contigo en un momento.

El anhelado encuentro no llegó. ¿En dónde estaba ella? ¿Volvería a verla alguna vez? Él cayó al abismo. Gritó hasta que solo un suave gemido salió de su garganta. ¡Zarah! ¡Regresa! Vamos a poder hablar con calma sobre todas las cosas y al final entrar purificados a un futuro juntos. Sus ideas se elevaron como una bandada de cuervos asustados que estaban picando granos en un campo. Todo va a estar bien, se dijo. Su caminar se volvió más liviano. Comenzó a correr con la esperanza de alcanzar a Zarah.

Después de unos cien metros comprendió lo inútil de su esfuerzo. En una bifurcación en el camino se decidió por el regreso. El cielo se había oscurecido. Formaciones de nubes ominosamente oscuras se cernían sobre él. 

Abrió la puerta completamente mojado. El tintineo de platos en la cocina le indica que Zarah ya había llegado. Él dejó la ropa mojada en el baño y se cambió.

Cuando poco después entró a la cocina, Zarah ya no estaba allí. Llenó el calentador de agua y se preparó un té. Zarah no estaba ni en la sala ni en el comedor. ¿Se había equivocado? ¿Estaba ella aún en camino? Su chaqueta estaba colgada en el guardarropa y sus zapatos también estaban allí. La llamó, pero no recibió respuesta.